Técnicas de la caza del guanaco

“No creo justificado hablar de un método de caza especialmente desarrollado, pues el guanaco es fácilmente accesible, la naturaleza del paisaje no presenta graves obstáculos y la fuerza de penetración de la flecha es suficiente.” (Gusinde)

Martin Gusinde consigna con inapelable determinación la importancia del guanaco en la subsistencia y la cultura de los cazadores de a pie fueguinos: “Indis­cutiblemente el guanaco es un animal de importancia vital para el selknam, pese a que para los aborígenes sep­tentrionales el cururo también asume considerable significación. Se halla extendido por toda la Isla Grande en gran cantidad y su aprovechamiento en la economía indígena es tan múl­tiple, que no hay parte digna de men­ción que no se utilice en algo.

Además de las condiciones de la co­marca, los hábitos de vida de este ani­mal facilitan su caza. Es alto y fuerte, suele vivir en manada, se delata al pun­to por su curiosidad y sus relinchos, y las grandes pisadas que deja en el bos­que y el terreno arenoso no tardan en llevar tras de sí a cazadores y perros. Particularmente en el sur, el guanaco suele permanecer en los cerros duran­te la primavera y el verano, volviendo a los valles en invierno. Casi a diario acude al abrevadero siguiendo sendas trilladas y bien visibles, y suele deposi­tar sus excrementos por lo general en el mismo lugar. Su coloración mimé­tica no le brinda protección total en el bosque, ni tampoco en las extensiones abiertas. Estudiando las huellas en el suelo, el indígena ha aprendido a de­terminar, con sorprendente acierto, no sólo el sexo y la edad del animal, sino los días que han pasado desde que las dejara. Admirado, pude comprobarlo con mis propios ojos más de una vez. Todo esto ayuda al indígena a aproxi­marse al guanaco y cazarlo con relati­va facilidad.

No creo justificado hablar de un método de caza especialmente desa­rrollado, pues el guanaco es fácilmen­te accesible, la naturaleza del paisaje no presenta graves obstáculos y la fuerza de penetración de la flecha es suficiente. Generalmente el hombre va de caza solo, tomando cualquier dirección al azar. Los perros que lo acompañan descubren una huella, la siguen y buscan incansablemente has­ta dar con el animal. Dando fuertes ladridos anuncian el lugar al dueño y tratan de retener allí al guanaco hasta que aquél llegue. La mayoría de las veces el guanaco se aleja corriendo. El perro, empero, logra atajarlo una y otra vez o, cuando menos, llevarlo en una dirección tal que termine co­rriendo hacia el cazador. Este último se mantiene oculto o se aproxima di­simuladamente. A una distancia de veinte a treinta metros dispara la fle­cha a la parte superior del pescuezo del animal y la atraviesa. El animal herido nunca cae fulminado, sino que sigue corriendo cierto trecho. Lo acompa­ñan los perros aullando y ladrando. El dolor y el miedo le hacen agachar pro­fundamente la cabeza, mientras corre siempre cuesta abajo. Los perros lo siguen con suma facilidad saltándole a la cabeza y al cuello, le muerden la cara, se cuelgan con el hocico de los labios y las orejas del animal e hincan sus filosos dientes en su pescuezo. El cazador sigue apresuradamente los rastros de sangre y el ladrido de los perros. Hay veces que tendrá que re­correr largas distancias hasta que el guanaco se desplome; dependerá de la herida y del encarnizamiento de los perros. Es frecuente que la cabeza del animal parezca finalmente una sola herida terriblemente desgarrada; no es raro que le arranquen un ojo im­pidiendo así que siga huyendo. Los perros son tan hábiles y están tan en­furecidos que es raro que un guanaco herido pueda evadirse. Esta forma de cazar es la más frecuente y se practica casi a diario; tuve más de una ocasión de participar en ella.

Cuando va de caza el selknam no deberá tener nada que le estorbe. No lleva más que su arco y la aljaba con las flechas; en momentos de apremio toma ésta entre los dientes y está siem­pre listo para tirar. Deja caer el manto a tiempo; su piel curtida soporta bien todos los rasguños y escoriaciones que habrá de sufrir al atravesar los ma­torrales, al arrastrarse por el suelo o al deslizarse sobre las piedras. Es de suponer que antiguamente nadie iba de caza sin pintarse, cuando menos, el rostro, las más de las veces con el rayado vertical desparejo sobre ambas mitades del rostro.

Fuente: M. Gusinde, Los indios de Tierra del Fuego

Colección Pueblos Originarios: Guanacos