jueves, noviembre 26, 2020
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Implicancias de la ballena en la vida de los nómades canoeros del extremo sur

Se asustaban los navegantes europeos al tener su primer encuentro con estos individuos. Los nó­mades canoeros del extremo sur, de baja estatura, piernas semiatrofiadas y andar encorvado -por pa­sar la mayor parte de sus días en sus embarcaciones-, pintarrajeados y con sus pelos cubiertos de cenizas, no causaban una buena impresión.

Es que los habitantes más australes del planeta, habiendo perdido contacto hacía milenios con el resto de la humanidad, no se vieron compelidos a desarrollar tecnologías prodigiosas, ni organizaciones sociales complejas, ni a cultivar modales sobreactuados para convivir razonablemente y aprovechar de forma eficaz los recursos de la naturaleza sin afectarla.

Por su parte, aquellos rústicos marinos europeos, reclutados en prisiones y tabernas -que tras esas largas travesías no debían ni verse ni oler muy bien-, deman­daban de los nativos evidencias de civilidad que ellos mismos acaban de conocer, pues no hacía tanto orinaban en público, se bañaban eventualmente, comían con las manos y su muestra más elevada de gratitud ante una rica comida consistía en proferir un sonoro eructo.

El prejuicio y el rechazo a lo diferente

Los nómades del mar, untados con grasa, expuestos permanentemente al humo, alimentados con ballenas, lobos marinos y peces, producían un fuerte impacto vi­sual y una virtual barrera aromática que desalentó a los europeos de iniciar cualquier intercambio genético.

El capitán británico James Cook, en 1777 dejó asentado en su diario -tal vez desilusionado- este párrafo que lo exime de comentarios: “Su olor era tan tremendamente nauseabundo que no podíamos estar mucho tiempo en su cercanía. Era casi increíble, pero innegable, que nuestros más osados y rudos marineros se vieron tan enteramente superados por esas horribles emanaciones que no trataron de entrar en íntimo con­tacto con las mujeres”. Similares apreciaciones asen­taron en respectivos escritos Darwin, Fitz Roy, Martín Gusinde y otros observadores directos, sin advertir o consignar la reciprocidad de sensaciones por parte de los nativos. Es que se huele a lo que se come. Cada comunidad se acostumbra a sus propios olores y rechaza naturalmente los efluvios corporales extraños.

Un reparo transitorio

Los canoeros utilizaron la pintura corporal con fines rituales y decorativos aunque también con propó­sitos “netamente prácticos y no parecen haber incluido una construcción visual de diseños sobre el cuerpo” *1. Pero quizás el efecto más beneficioso de la utilización de estos ungüentos haya sido mantener alejados a los invasores, contribuyendo a conservar sus características étnicas y culturales sin hibridaciones hasta el siglo XX. Esto permitió a aventureros, antropólogos y cronistas obtener el inimaginable registro fotográfico de comuni­dades tan primitivas en su cotidianeidad.

Aquellas imágenes no solo aportaron un valioso caudal informativo y documental sino que eternizaron esas miradas llenas de perplejidad e inocencia que increparán a la humanidad eternamente, recordándole una de las mayores injusticias de que fuera responsable.

La expansión de los latifundios, los caritativos confinamientos religiosos, el alcohol y las novedosas enfermedades concluirían en el siglo XX el inevitable y casi total exterminio iniciado siglos atrás por los depre­dadores loberos y balleneros, pero eso es otra historia y se tratará en otras ediciones de Fuego.

Por Fernando Ariel Soto. Coleccion Pueblos Originarios. Ballenas y Arpones