jueves, noviembre 26, 2020
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Selknam: La fiesta de la ballena no era un asunto exclusivo de los canoeros

Los selknam ocupaban casi toda la superficie precordillerana de Tie­rra del Fuego, a excepción del ex­tremo suroriental de la península Mitre, habitado por los haush. El sector suroc­cidental de la Isla Grande, conformado por fiordos y altas montañas era territo­rio de los yámanas y alakalufes.

Los selknam del norte poblaban las extensas estepas septentrionales, desde el estrecho de Magallanes hasta el límite natural del Río Grande, mientras que los selknam del sur habitaban desde el bos­que meridional hasta la costa norte del canal Beagle.

Naturalmente, la topografía y la na­turaleza de cada región produjeron respuestas culturales, alimentarias y tecnológicas específicas y diferentes. No obstante, existían entre los distintos grupos selknam pautas de convivencia comunes respetadas por todos, lo que garantizaba una convivencia pacífica y promovía el intercambio de bienes.

Los selknam del norte se dedicaban preferentemente a la caza del guanaco. Complementaban su dieta con el consu­mo de coruros, aves, zorros, algunos fru­tos silvestres y productos de recolección marina y peces. Los selknam del sur caza­ban el guanaco en forma aún más abun­dante y completaban su alimentación con aves, zorros y variados productos del li­toral marino.

Un histórico lugar común consiste en definir a los selknam como cazadores-recolectores cuya supervivencia estaría vinculada de forma excluyente a los re­cursos terrestres y que poco interés pres­taban a los marítimos. Esta afirmación se apoya en el hecho de que no hayan desarrollado tecnologías de navegación. Basta recorrer la costa oriental de la isla para advertir la inutilidad de intentar al­gún tipo de navegación allí, dadas la ex­tensísima longitud de sus playas rocosas y las abruptas variaciones de las mareas, causantes, además, de los celebrados va­ramientos de cetáceos.

Lo cierto es que tanto los onas del nor­te como los del sur aprovechaban estos eventos, que se producían regularmen­te en todo el territorio costero. Desde el Estrecho de Magallanes hasta península Mitre, las mareas producen oscilaciones de más de 6 metros de altura en cuestión de horas y provocan que los cetáceos dor­midos, al despertar, sean sorprendidos en playas que se extienden por hasta 9 kilómetros, con la imposibilidad de na­dar o sobrevivir hasta la próxima suba de nivel. Desde la estepa se pueden advertir con claridad los remolinos de aves carro­ñeras anunciando los varamientos, como una invitación natural al festín.